A 53 años de su muerte, recordar a Víctor Jara desde su humanidad

A 53 años de su muerte, una reflexión sobre el artista, su obra y la necesidad de recordar al ser humano detrás del símbolo.

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Su muerte terminó ocupando un espacio central en la manera en que generaciones posteriores conocieron su figura.

San Joaquín, 16 de septiembre de 2026.- Hay algo que, antes que cualquier consideración política, artística o histórica, deberíamos decir con absoluta claridad: ninguna persona merece morir por aquello que piensa, por aquello que hace, por sus actividades artísticas, políticas, sociales o por cualquier otra circunstancia de su vida. La muerte nunca puede ser una respuesta.

Este 16 de septiembre se cumplen 53 años de la muerte de Víctor Jara. Y quizás esta fecha también pueda ser una oportunidad para hablar de él desde otro lugar.

Porque con algunas personas ocurre algo curioso: con el paso del tiempo, el personaje termina comiéndose al hombre.

Eso puede hacer que olvidemos que detrás del símbolo había una persona. Un hombre como cualquiera de nosotros. Con virtudes y defectos, con aciertos y equivocaciones, con momentos luminosos y seguramente también con contradicciones.

Reconocer aquello no disminuye necesariamente su figura. Al contrario, puede hacerla más cercana.

A veces tenemos la tendencia a endiosar a las personas que admiramos. A creer que todo lo que hicieron fue sublime, que cada canción fue extraordinaria y que cada palabra fue perfecta.

Y no necesariamente es así.

La obra de Víctor Jara es amplia, diversa y mucho más extensa que las circunstancias de su muerte. Hay canciones extraordinarias. Otras pueden gustarnos menos. Algunas quizás simplemente nos parezcan buenas y otras pueden no decirnos demasiado.

Y está bien.

Porque también eso significa ser artista.

No necesitamos que todo lo que hizo Víctor Jara sea magistral para reconocer la importancia de su obra. Tampoco necesitamos convertirlo en un hombre perfecto para comprender la brutalidad y la injusticia de su muerte.

Hay algo que sucede con algunos grandes símbolos: la tragedia termina ocupando tanto espacio que eclipsa aquello que existía antes de ella.

En el caso de Víctor Jara, su muerte terminó siendo tan determinante en nuestra memoria colectiva que muchas veces escuchamos primero la historia y después las canciones.

Y quizás debería ser al revés.

Deberíamos volver a escuchar a Víctor Jara.

Al músico. Al creador. Al hombre que todavía tenía muchísimo por hacer.

Murió demasiado joven. Y nunca sabremos qué otras canciones habría compuesto, qué caminos musicales habría recorrido o cómo habría cambiado su manera de entender el arte y su propio tiempo.

También existen aspectos de su vida que han quedado rodeados de preguntas, episodios incómodos, versiones contradictorias y circunstancias que durante mucho tiempo no formaron parte de la imagen pública construida alrededor suyo.

No es necesario convertir esos asuntos en el centro de su historia.

Pero tampoco necesitamos ocultarlos.

Porque precisamente de eso estamos hablando: de un hombre, no de una estatua.

Y los hombres tienen luces y sombras.

Los artistas también.

Los dirigentes también.

Los militantes también.

Los héroes que construye la memoria también.

Por eso, quizás hoy la invitación sea a quitarle un poco esa aura que inevitablemente hemos construido alrededor de Víctor Jara.

No para olvidarlo.

No para disminuirlo.

No para cuestionar el valor de su obra.

Sino para acercarnos.

Para dejar de mirar solamente al ícono y volver a mirar al hombre.

A Víctor Jara con sus luces y sus sombras. Con sus canciones extraordinarias y también con aquellas que cada uno podrá juzgar desde su propio gusto.

Porque finalmente, detrás de cada figura histórica hay una persona.

Y quizás la manera más honesta de recordar a Víctor Jara no sea convertirlo en alguien inalcanzable, sino reconocerlo en aquello que nos resulta más cercano:

Un ser humano.

Tan humano como usted.

Tan humano como yo.

Tan humano como cualquiera que hoy escucha esta radio.

Y quizás sea precisamente desde esa humanidad —no desde el pedestal— desde donde podamos volver a escuchar su música.

Sin santos.

Sin estatuas.

Sin personajes perfectos.

Simplemente un hombre.

Un hombre que tuvo luces y sombras, que creó, que soñó, que se equivocó, que dejó una obra enorme y que murió de una manera que ningún ser humano debería haber muerto.

Y tal vez ahí, justamente ahí, esté la verdadera memoria.

En volver a encontrar al hombre detrás del personaje.

Jaime Oyaneder Ramírez