
San Joaquín, 2 de noviembre de 2026.- Una muralla cubierta de placas, flores y cientos de velas encendidas guarda uno de los misterios más conocidos de Santiago. Se trata de la animita de Romualdito, ubicada en calle San Francisco de Borja, a pasos de la Estación Central, un lugar donde miles de personas llegan cada año para pedir favores, agradecer supuestos milagros y mantener viva una tradición que mezcla fe, historia y leyenda.
Pero ¿quién fue realmente Romualdito? Durante décadas, su identidad estuvo rodeada de versiones contradictorias. Algunos aseguraban que era un niño asesinado brutalmente; otros decían que era un joven con discapacidad, querido por los vecinos, o un hombre que había sido atacado por delincuentes para robarle sus pertenencias.
La historia popular incluso lo vinculaba con un hombre enfermo que regresaba de un hospital y que fue asesinado por su poncho y los pocos pesos que llevaba. Sin embargo, las investigaciones históricas permitieron reconstruir su verdadera identidad y aclarar varios de los mitos que rodeaban su muerte.
El hombre detrás de la leyenda
Su nombre era Romualdo Ivani Zambelli, un chileno de origen italiano que tenía 41 años, era soltero y trabajaba como mecánico. Vivía en el sector de Estación Central y, según los antecedentes recopilados, acostumbraba transitar por calle Borja, hoy San Francisco de Borja.
La noche del 8 de agosto de 1933, mientras caminaba cerca del antiguo muro que separaba la estación ferroviaria de la calle, fue abordado por delincuentes. Durante el asalto recibió una puñalada directamente en la región del corazón, quedando gravemente herido junto a la muralla.
Su muerte fue confirmada por el Instituto Médico Legal el 10 de agosto de ese año. El caso quedó en manos de Carabineros, pero nunca se encontraron responsables ni antecedentes de un juicio que permitieran esclarecer el crimen.
Su cuerpo fue sepultado en el Cementerio General gracias a la ayuda de un amigo, mientras su madre dejó una emotiva inscripción en la lápida: “Recuerdo eterno de su madre”.
¿Cómo nació el culto a Romualdito?
Como ocurre con muchas animitas chilenas, todo habría comenzado con una sencilla muestra de dolor. Alguien encendió una vela en el lugar donde Romualdo había sido asesinado. Con el paso del tiempo, otras personas comenzaron a dejar flores, rezar y pedir favores.
Así nació una devoción que fue creciendo hasta transformar el antiguo muro en un verdadero santuario popular. Las placas de agradecimiento comenzaron a multiplicarse y las historias sobre favores concedidos se extendieron por distintos sectores de Santiago.
Incluso, algunas inscripciones dejaron versos que reflejan el cariño de sus seguidores:
“Caminante no hagas ruido
baja el tono de tu voz
que Romualdo no se ha ido
solamente se ha dormido
en los brazos del Señor”.
Con los años, el nombre también fue cambiando. Romualdo, Rumaldo, Romalcito e incluso Ibáñez fueron algunas de las denominaciones que aparecieron en las historias y placas dedicadas a esta figura popular.
Las leyendas que rodean a la animita
La devoción no solo estuvo acompañada de agradecimientos. También surgieron relatos sobre supuestos hechos sobrenaturales relacionados con el lugar.
Una de las historias más conocidas cuenta que un policía intentó retirar las velas del muro utilizando su caballo, argumentando que representaban un peligro de incendio. Sin embargo, poco después el animal habría resbalado, provocándole graves lesiones al oficial. Según la leyenda, tras recuperarse, terminó convirtiéndose en devoto de Romualdito.
También circulan relatos sobre trabajadores y maquinaria que habrían presentado problemas inexplicables cuando intentaron demoler la histórica muralla para ampliar la calle San Borja. Algunos atribuyeron estos episodios a una supuesta protección sobrenatural de la animita, mientras otros los relacionaron con el temor de los propios trabajadores.
Una muralla que se resiste a desaparecer
Más allá de las creencias, el muro de Romualdito también tiene un valor histórico para Santiago. Gran parte de la antigua estructura que separaba la Estación Central de calle San Borja desapareció con las transformaciones urbanas, pero este fragmento permanece en pie.
Hoy, sus placas, velas, pequeñas ermitas y figuras religiosas forman parte de un paisaje muy particular. Incluso algunos perros callejeros utilizan los pequeños espacios de estas construcciones como refugio, algo que los propios devotos parecen aceptar con cariño.
La historia de Romualdito demuestra cómo un hecho policial ocurrido en 1933 terminó convirtiéndose en una de las expresiones más reconocibles de la religiosidad popular chilena. Entre documentos históricos, relatos transmitidos por generaciones y promesas de milagros, su figura continúa presente en Estación Central.
Más de 90 años después de su muerte, Romualdo Ivani Zambelli sigue siendo mucho más que el protagonista de una antigua leyenda: es parte de la memoria urbana de Santiago y de una tradición que se mantiene viva entre quienes todavía llegan hasta su animita para encender una vela y pedir un favor.
Jaime Oyaneder Ramírez












