La soledad en todas las edades: una mirada a un fenómeno creciente

La soledad atraviesa todas las edades y puede afectar la salud y el bienestar. Un llamado a reconocerla y construir comunidad.

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San Joaquín, 21 de enero de 2026.- Desde la juventud hasta la vejez, la soledad se presenta como una experiencia común que refleja los desafíos emocionales y sociales de las sociedades modernas, cada vez más conectadas digitalmente y más desconectadas en lo humano

Una presencia constante

La soledad puede aparecer en cualquier etapa: al dejar el hogar familiar, tras una ruptura, cuando los hijos se van o en la vejez. En todos los casos, se convierte en un espacio de introspección y cambio. A lo largo de la vida, puede ser una visita pasajera o una presencia permanente con la que las personas aprenden a convivir.

En sociedades hiperconectadas digitalmente, muchos reportan sentirse más solos que nunca, a pesar del intercambio constante de mensajes. Esta desconexión emocional refleja una contradicción: la tecnología acerca geográficamente, pero puede alejar emocionalmente.

La soledad en la madurez y la vejez

Durante la madurez y la vejez, la soledad puede volverse más profunda. Se mezcla con la pérdida de seres queridos y la experiencia del duelo. Según especialistas en salud mental, el aislamiento social aumenta el riesgo de depresión, enfermedades cardiovasculares e incluso mortalidad prematura.

Las personas mayores con redes sociales reducidas son especialmente vulnerables. En esos casos, no se trata de “estar solo”, sino de sentirse invisible o prescindible dentro de una sociedad que valora la productividad por encima del acompañamiento humano.

La soledad como problema social

La soledad no deseada ya es reconocida por la Organización Mundial de la Salud como un problema de salud pública. Afrontarla requiere políticas que fomenten la inclusión, la comunidad y el bienestar emocional, más que simples llamados a “salir más” o “socializar”.

También se necesitan entornos intergeneracionales que promuevan el encuentro entre personas mayores, jóvenes y comunidades diversas, favoreciendo el sentido de pertenencia.

La costumbre de estar solos

Con el tiempo, muchas personas desarrollan la costumbre de vivir solas. Aprenden a realizar actividades cotidianas sin compañía, desde hacer las compras hasta celebrar fechas importantes. Aunque esto puede reflejar una adaptación saludable, existe el riesgo de que se convierta en un muro que impida nuevos vínculos.

Expertos señalan que aprender a estar solos puede ser una forma de cuidado emocional, pero el desafío está en evitar que la soledad se transforme en aislamiento.

Un llamado al encuentro

Reconocer la soledad propia y ajena sin juicio es el primer paso para enfrentarla. Pequeños gestos como realizar una llamada, visitar a un vecino o ofrecer compañía pueden marcar una diferencia.
En un mundo donde la independencia suele valorarse más que la conexión, mantener los vínculos humanos sigue siendo una de las formas más efectivas de cuidar la salud emocional y social.